Es hora de hablar de Patty Griffin y con ella es difícil ser imparcial. De entrada apetece agradecer su aportación a la música desde estas líneas que sirven para comentar “Downtown Church”, pues sin este disco igualmente sería hora de reivindicar su interesante carrera. El bagaje musical que atesora la hace merecedora de ello y la coloca a la derecha de Emmylou Harris, a medio camino entre la seriedad de la excelsa Lucinda Williams y la accesibilidad de Sheryl Crow.Como compositora demostró su madurez hace catorce años en “Living With Ghosts”, al arrancarnos el corazón y el alma de dolor con temas como “Every Little Bit” y “Let Him Fly”. Como intérprete, su rol principal en “Downtown Church”, Patty Griffin presenta su mejor grabación con diferencia de la mano de Buddy Miller a la producción y magistralmente hace suyos un puñado de temas ajenos para poner a Dios, el Rock y su voz en lo más alto.
“Debes grabar un disco de góspel, a ti te encaja más que a nadie”, pidió la discográfica a Patty, cuya educación desde la infancia estuvo marcada por la religión. Patty replicó con un “Buddy Miller tendría algo que decir al respecto así que si debo hacerlo, que sea con él”. Buddy aceptó. “Me gustaría grabarlo en una bonita iglesia” le espetó Patty, y Buddy hizo de genio de la lámpara. Ella admite que pensaba en una de esas bonitas capillas solitarias en medio de un prado, pero Buddy dio con el marco incomparable de una iglesia presbiteriana del s. XIX en el downtown de Nashville (y es que Buddy Miller es “alguien” allí) para hacer, con sus paredes cargadas de Historia, el envoltorio sonoro perfecto. De la selección inicial de cien composiciones que el productor sugirió a la cantante se recrearon los suficientes para resultar los catorce cortes de “Downtown Church”.
Patty, Mr. Miller, y nueve fantásticas jornadas de grabación en las que la banda a su servicio engranó a la perfección dan que pensar en lo poco que la mayoría de los humanos aprovechamos el tiempo mientras unos pocos, hechos de una pasta especial, paren redondeces como esta. ¿En qué perdíamos el tiempo hace justo un año mientras estos artistas andaban manos a la obra con este gustazo hecho disco?
En “Downtown Church” piezas de marcado rigor góspel como “House Of Gold”,“Wade in the Water” o “Death’s Got A Warrant” marcan la pauta pero no es góspel todo lo que reluce ya que
el rock más clásico se abre paso con “Move Up” o la fabulosa “I Smell a Rat” de Leiber&Stoller que nos recuerdan que Griffin lleva en la sangre este veneno que tanto gusta a los que acuden a estas páginas desde hace años. La maravilla, no obstante, llega en forma de dueto con “Little Fire”. Dueto porque, señoras y señores, tengo claro qué debe sonar el día que un servidor expire: Emmylou Harris y Patty Griffin comparten un pedazo de cielo en unos intensos cuatro minutos que no han dejado de sonar desde que fue publicado. En “Waiting For My Child” Patty lleva a su voz el fraseado y manera de cantar del mejor Elvis para engendrar uno de los mejores momentos del álbum –y qué difícil es decir esto en este caso-. Oírle incluso respirar, dejándose la esencia entre palabras en esta versión que ya hizo en su día al lado de Mavis Staples con aquello de “Lord my child is somewhere in some lonely jail Lord with no one there to post his bail, oh Lord...” reconcilia a uno con la vida irremisiblemente. Nuestra protagonista incluso se atreve a cantar en castellano con Raúl Malo un “Vírgen de Guadalupe” tan digno –no olvidemos el contexto en que se mueve esta grabación-.No, nunca un disco dedicado a Dios habrá tenido tal beneplácito del Ubicuo. Sé de alguien a quien la sonrisa pícara de aprobación le estará brillando porque ella ya lo sabía: Patty Griffin es una jefa.
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